
Los aliados disponían de una red de información que funcionaba de forma efectiva, tanto en los países ocupados por Alemania como en la propia Alemania, por lo que un crimen de una magnitud tan monstruosa como era el asesinato de millones de personas en cámaras de gas, no podría de ninguna manera quedar oculto ante ellos durante años.
Pero Washington, Londres y Moscú no hacían nada, pudiendo destruir los campos de exterminio y salvar así a millones de personas. Tampoco los prevenían del exterminio que los amenazaba, pues nadie oponía ninguna resistencia a los traslados hacia los campos de trabajo. Los aliados tampoco llamaron la atención del pueblo alemán sobre el genocidio perpetrado por su gobierno. Asimismo, tanto el Papa Pío XII, como la Cruz Roja, habrían permanecido con los brazos cruzados hasta terminar la guerra, callando el genocidio. Durante la guerra nadie se comportaba como si dicho genocidio estuviese ocurriendo.